domingo, 22 de mayo de 2011

Y a los concejales, ¿quién los ronda?


Autor: Sergio De La Torre
21 de Mayo de 2011

En la cruzada anticorrupción adelantada en Bogotá hay algo que se echa de menos y es la denuncia en la prensa sobre la conducta de los concejales, cuya aplastante mayoría eludió el deber de vigilar la contratación de las grandes obras distritales.

En la cruzada anticorrupción adelantada en Bogotá hay algo que se echa de menos y es la denuncia en la prensa sobre la conducta de los concejales, cuya aplastante mayoría eludió el deber de vigilar la contratación de las grandes obras distritales. Los organismos de control (en particular la Contraloría y la Procuraduría, como se ha constatado últimamente) supervisan la acción de los alcaldes y gobernadores, y también su inacción. Y en ambos casos adoptan medidas y sanciones, como la que le acaba de aplicar el Procurador a Samuel Moreno por omisión, que algunos comentaristas, en alarde de ese santanderismo maniático que perdió a Colombia desde su génesis, han tachado de impropia o exagerada sin que, por contraste, les haya parecido exagerado el monto de lo robado en el llamado carrusel.

Los alcaldes sí tienen pues quien los ronde. Pero, ¿quién ronda a los cabildos? ¿Quién cuida de que cumplan con sus obligaciones, sobre todo la de controlar al ejecutivo? ¿Acaso los cabildantes no incurren en negligencia con dolo cuando desatienden su deber de censurar a los burgomaestres por el mismo pecado? Duele decirlo, pero tales corporados en nuestro extraño e imperfecto ordenamiento jurídico no responden ante nadie por omisión de control, ni en lo disciplinario, ni en lo fiscal, ni en lo penal. Mejor dicho, no pagan ni con el puesto, ni con el pecunio propio, ni con la libertad, por su desgreño al vigilar, cualquiera que sea el daño que de ahí se derive para la ciudad.

El desfalco bogotano, que se fue dando a lo largo de estos 3 años, a plena luz, sin que nadie dejara de notar que algo muy raro iba perfilándose hasta convertirse en la evidencia clara de un monstruoso saqueo, solo dos o tres concejales lo advirtieron a tiempo y dieron la alerta. Pero el resto calló, incluidos los contrarios al Polo, que se suponía eran los llamados a resistirse y fiscalizar la Administración. Desde el comienzo se alinearon con ella, traicionando a sus electores, que los designaron precisamente para supervisar la contraparte y evitar lo que ocurrió, previniendo un zarpazo al tesoro y hasta la mera tentación de los pillos, antes de que asomara. Fueron cooptados por la Administración y se entregaron al festín burocrático y al aprovechamiento del poder en su propio interés político, que para eso, y para nada distinto, se hicieron elegir. Así opera, en lo básico, nuestra democracia municipal. La bacanal de los pequeños y medianos contratos nunca falta. Y la de los grandes tampoco. ¿Por ventura estos caballeros no captaron la presencia de los Nule, y sus andanzas?

Hipólito Hincapié, célebre por ser hoy el arquetipo del concejal capitalino de extracción oficialista, marrullero y perspicaz como ninguno, sin inhibiciones y con el apetito siempre abierto, ¿no se olió lo que los Nule se traían? Él y sus colegas de la U, y todos los demás, azules, rojos y verdes, se ayuntaron con el burgomaestre. Por lógica elemental debieran entonces responder, tanto como los ediles del Polo, por el desmadre de las licitaciones, y no pasar de agache a la hora en que la sociedad se alista para castigar a los culpables y a sus cómplices en los comicios de octubre. Pero insisto: es menester que los medios capitalinos señalen, con igual severidad, a quienes, abdicando de su deber más sagrado y esencial, cohonestaron la corruptela. El alcahuete también peca y su falta, en rigor, es peor y repugna más que la del pecador primigenio.

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